Tus emociones son sabias: escúchalas

En el mes de marzo, desde la Universidad Rey Juan Carlos y la Red Española de Universidades Promotoras de Salud, queremos lanzar este mensaje para poner en valor la importancia de escucharnos, de atender a nuestras emociones y de ocuparnos de mejorar nuestra regulación emocional y, en consecuencia, nuestra salud.

La palabra emoción proviene de emotio en latín, que significa movimiento, impulso. Las emociones nos mueven, son dinámicas y nos encaminan a realizar una acción. Por ejemplo, el miedo nos lleva a protegernos de una amenaza o peligro, y la tristeza nos impulsa a elaborar una pérdida y a curar heridas.

Como definen Gross y Thompson (2007), la regulación emocional consiste en los esfuerzos que hace el individuo, de manera consciente o inconsciente, para influenciar la intensidad y la duración de sus emociones respecto del momento en que surgen, la experiencia que conllevan y su expresión.

Aunque en general hablamos de la regulación emocional como un proceso eminentemente adaptativo, no hay que olvidar que los esfuerzos por modificar nuestros estados emocionales pueden ser efectivos y adaptativos, pero también ineficaces, disfuncionales e incluso contraproducentes (Hervás y Vázquez, 2006).

En esta dirección, González (2020) señala que las estrategias de regulación pueden reducir el malestar y hacerlo más manejable, o aumentarlo y convertirlo en sufrimiento. Cambiar nuestro sistema a otro que juegue más a nuestro favor requiere primero dejar de hacer lo que nos perjudica para después hacer lo que nos beneficia.

Existen diversos modelos de regulación emocional (Hervás y Vázquez, 2006). Aunque no existe consenso total sobre las estrategias que contribuyen a una regulación emocional más adaptativa, podríamos señalar algunas pautas que contribuyen a un manejo emocional saludable:

1. Conectar con tu cuerpo y tus sensaciones: Nuestras emociones se expresan a través de nuestro cuerpo en forma de sensaciones. Conectar con ellas en nuestro día a día va a ser fundamental para ir identificándolas cuando aparezcan y poder manejarlas bien. También es importante estar pendientes de los pensamientos que surgen asociados a ellas para identificar aquellos que dificultan nuestra regulación emocional (“No tienes derecho a estar mal”, “Tomarme un descanso es una pérdida de tiempo” …).

 2. Poner nombre a la emoción. Para ello, necesitamos disponer de un vocabulario emocional enriquecido. Alegría, ternura, sorpresa, curiosidad, tristeza, miedo, agobio, rabia, ansiedad, culpa, amor, vergüenza, soledad, calma…

3. Darse permiso para sentir la emoción, observarla sin juicio de valor. Muchas personas censuran, reprimen o evitan una emoción diciéndose afirmaciones tales como “no debería sentirme así”, “esto es inapropiado” … No hay emociones buenas y malas, todas ellas tienen una importante función en nuestra vida. Rechazar una emoción por vergüenza o miedo a sentirla interfiere en su “digestión” y nos puede dejar estancados o bloqueados en ella. Aceptar la emoción es la clave para que pueda seguir su curso natural.

4. Analizar qué nos dice esa emoción: una vez abrimos la puerta a la emoción, podemos reflexionar sobre el motivo que la ha provocado y sobre qué mensaje tiene esa emoción para nosotros, ya que todas las emociones nos dan información. Nos puede costar entender para qué sirven algunas emociones, sobre todo las desagradables, pero son sensores que nos ayudan a protegernos y a entender el mundo y a nosotros mismos.

Si la emoción es muy intensa, será útil atenuarla para poder extraer la información de lo que nos viene a decir. Las técnicas de desactivación como la respiración pueden ayudar a esto. Si, por el contrario, tiene una intensidad muy baja, podemos potenciarla para escucharla.

Un aspecto importante a tener en cuenta es que no siempre tenemos que hacer caso a ese mensaje, debemos analizarlo teniendo en cuenta hacia dónde nos impulsa y valorando si es lo que necesitamos de forma saludable. El miedo nos puede decir que nos quedemos en casa en lugar de ir a esa reunión de trabajo, pero podemos decidir no hacerle caso. Esa decisión vendrá después de habernos permitido sentir miedo y de haberle escuchado.

5. Poner en marcha estrategias para regular y manejar constructivamente esa emoción: Las emociones nos hablan de nuestras necesidades y nos impulsan a la acción para cubrirlas. Como hemos dicho, debemos valorar si ese impulso es beneficioso para nosotros o es dañino (por ejemplo, beber alcohol si estoy triste). Es fundamental que nos entrenemos en estrategias de regulación saludables y constructivas: potenciar el autocuidado (alimentación, actividad física, descanso…), expresar lo que sentimos con alguien de confianza, buscar ayuda, respirar, aprender de lo que nos sucede…

 6. Tratarnos con respeto, comprensión y autocompasión: Cuando nos autocriticamos con frecuencia, ponemos en marcha los mecanismos del estrés y vamos minando nuestra autovaloración, nuestra confianza y nuestros recursos. Practicar la autocompasión es un hábito que nos va a ayudar a permanecer a nuestro lado cuando nos necesitamos, a activar nuestro propio sistema de apego y de autocuidado, tan necesario para nuestro equilibrio.  

En definitiva, podríamos decir que la regulación emocional es un arte que se aprende durante toda nuestra vida y que juega un papel fundamental en nuestra salud. Cada vez somos más conscientes de la relevancia que tiene la educación emocional y, por ello, se van ampliando los espacios en los que se trabaja. Sin duda, la universidad es un entorno idóneo para potenciar competencias emocionales que contribuyan a una mejor calidad de vida de toda la comunidad universitaria y a una formación integral de los estudiantes, lo cual redundará en beneficios para su vida personal, profesional, y para la sociedad en general.

 

Referencias:

 

Gross, J. J., & Thompson, R. (2007). Emotion regulation: Conceptual foundations. En J. J. Gross (Ed.), Handbook of emotion regulation (pp. 3-25). Nueva York: Guilford Press.

Hervás, G. y Vázquez, C. (2006). La regulación afectiva: modelos, investigación e implicaciones para la salud mental y física. Revista de Psicología General y Aplicada, 59, 9-36.

González, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Barcelona: Planeta.

Emociones

 

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Última modificación: 14/04/2021